¿Compramos en función de las marcas?
En el texto de la “intimidad del discurso publicitario actual” se hace una distinción de dos tipos de discurso publicitario: por una parte está el voraz, el cual lo que busca es el calar en las personas de un modo u otro y crear consumidores. Éste, según yo lo he interpretado, es todo aquel que pretende generarnos necesidades e impactarnos a través de mostrar realidades (o crearlas) complicadas y/o catastrofistas. Como ejemplo, he pensado en los anuncios sobre organizaciones en la que muestran a niños muriéndose de hambre y desnutridos, o las campañas de tráfico.
Por otra parte, habla del discurso publicitario íntimo. En el texto se explica que éste es el que quiere hacer creer a todo aquel que lo ve que es una persona única con gustos únicos, y que por ello el producto que te están vendiendo es perfecto para ti. Lo cual es una completa y absoluta contradicción puesto que, para empezar, todos somos personas únicas ya que no hay alguien igual a ti (ni física ni personalmente) lo que hace que no vayas a ser exclusivo por comprarte ese producto, y, para continuar, el anuncio del producto lo verán miles de personas, y comprarán el mismo otras tantas, lo que hace que ya no tengas un gusto único. Todo esto hace que sea absurdo, aunque si lo pensamos bien, absurdos somos nosotros si nos lo creemos. Enlazado con ésto añadir que la publicidad es, también, una forma de mantenernos distraídos y ocupados mientras evitan emitir ciertos hechos que pueden estar pasando en el mundo, y hacen que queramos constantemente comprar cosas que, en muchas de las ocasiones, ni siquiera vamos a utilizar.
Una de las cuestiones que además venía planteada en el texto es si yo compro en función de las marcas. Mi respuesta en un principio es no. Yo compro principalmente en función del precio, de si me gusta y de la calidad del producto. Pero es cierto que hay mucha gente que en lo primero que se fija es en la marca. Esto puede ser debido a la evolución que, año tras año, ha sufrido la sociedad, en parte, gracias a la publicidad y a la transformación de sus funciones. Primero, se trataba de la sociedad del ser, en la cual primaba tu persona y el entorno que te rodeara, puesto que es éste el que define en gran medida tu personalidad. Después se cambió a la sociedad del tener. Todos luchaban por tener lo último y esforzarse en que el resto de personas lo vieran.Y, actualmente, estamos en la sociedad del aparentar. Ya ni siquiera tienes que poseer un montón de bienes, sino tan sólo aparentar que los tienes. Y ya no solo con los bienes, sino con otras cosas no materiales, como unos valores y principios.
Otra cuestión planteada en el texto es si creo que a mi no me influye la publicidad y si podemos vivir al margen de ella. Considero que claro que me influye la publicidad, ya sea de forma consciente o inconsciente, vivimos rodeados de ella, y estamos tan acostumbrados a verla que ya ni nos sorprende, a pesar de haber carteles enormes por todas partes. Y pienso que tú puedes querer evitarla, o hacer todo lo posible para ello, como por ejemplo no ver la televisión. Pero si en vez de ver la televisión lees un periódico también va a haber publicidad, si tienes un móvil y te metes en internet, o donde sea, te vas a encontrar con anuncios por todas partes, si sales a la calle hay carteles, vallas publicitarias, pasan constantemente vehículos recubiertos de publicidad...y ésto, de una u otra forma te está influyendo, y considero, que, a día de hoy es inevitable, por desgracia.
En el debate que hicimos posteriormente en clase, llegamos a la conclusión de que la publicidad es así, porque lo que pretende es vender a costa de lo que sea, pero que en el futuro (no tan lejano), el educador social podría tener una función clave dentro de ésta, para ayudar a crear una publicidad más reflexiva y cargada de valores positivos (no en el mero consumismo, porque al fin y al cabo la finalidad última y principal de la publicidad es que consumas). Tenemos que actuar, y no quedarnos en el “hay que”, sino hacerlo. Por otra parte, debemos tener en cuenta, para no desanimarnos, que los cambios llevan su tiempo, que no pasamos de la Prehistoria a la Edad Antigua en unos meses, sino en unos 4000 años.
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